02 November, 2007

La sagrada píldora

La píldora del día después, según lo que afirmó el 2001 la ministra de salud Adriana Delpiano, no es más que un dispositivo intrauterino, que impide la fecundación. El año 2004 se decidió repartir la píldora a las mujeres víctimas de violación.

El problema ético/moral que impide la distribución de la pastilla corresponde al llamado público que ha dirigido la iglesia al público de occidente –principalmente al sudamericano- motivando el no uso y a la no venta del producto.

Hace unos días, Benedicto XVI hizo un llamado a los farmacéuticos a no vender ni distribuir la píldora para no contravenir en los designios éticos fundamentalistas de la Iglesia Católica. ¿En qué se basan estos designios?. Principalmente en normas y leyes establecidas hace más de mil años, donde la complejidad que vivía el hombre a nivel ético y moral era inferior a la de la actualidad. Lo que le preocupa a la iglesia tiene que ver, además, con el problema del alma.

El alma se refiere a un principio o entidad invisible que poseerían algunos seres vivos cuyas propiedades y características varían en diferentes tradiciones y perspectivas filosóficas. La iglesia considera que el alma se forma en el momento mismo de la fecundación. Por lo tanto, la píldora del día después constituiría, en palabras del a iglesia, un asesinato.

Pero: es realmente un asesinato consumir la píldora del día después?
La píldora del día después, o post-coital, es una pastilla no abortiva con una gran concentración hormonal. Es de alta efectividad después de una relación sexual sin protección o en la cual se haya producido un fallo de otro dispositivo anticonceptivo. La implantación del cigoto ocurre sobre el día 6, después de ocurrida la fecundación. El anticonceptivo de emergencia tiene diversos mecanismos de acción, dependiendo principalmente del ciclo menstrual a la hora de su ingesta: puede inhibir o atrasar la ovulación, inhibir el transporte del ovocito del semen e interferir con la fecundación.

¿Debe regirse la distribución del producto a una religión prohibitiva de occidente –hay ciertamente otras religiones que no impiden el uso de anticonceptivos de emergencia- o debe el Estado regir la repartición de la píldora según principios de igualdad y razón para un control responsable de la natalidad? Porque la no distribución consensuada de la píldora, debido a peticiones religiosas determinadas, supone una postura supeditada a los designios de dioses que no todos comparten, cuartando la libertad del ser humano libre de consumir o no distintos tipos de sustancias.

Un ejemplo de la supeditación religiosa se da en África, donde las misiones evangelizadoras de la Iglesia Católica no permiten el uso del condón dentro de la población africana. Producto de esto, mueren a diario 6.000 personas, más que en cualquier guerra, hambruna o inundación que registre la historia. Producto de esta restricción evangelizadora, millones de niños quedan huérfanos a causa del mal, además de ser portadores del virus del SIDA, lo que producirá eventualmente su muerte.



Una buena solución ante una problemática ética y moral sobre la ocupación de la píldora, puede responderse ante un corto análisis lógico. En la antigüedad, para controlar a las masas de la población ubicadas en la base de la pirámide social, la Iglesia llamaba a soportar todos los terribles sucesos terrenales –como la violenta explotación laboral- asegurando que a la hora de la muerte, aquel que trabajó y sufrió en la tierra, tendría en el cielo una vida próspera al lado de Dios. Según Juan Pablo II, el cielo y la tierra no son más que conceptos, no dando claros indicios de qué significa realmente esta dualidad, contraviniendo la antigua concepción de la Iglesia (cielo e infierno). En síntesis: ¿Será creíble una institución que atenta –como en el caso de África- contra la vida del hombre y que a medida que se descubre su entorno, va desdiciendo los importantes y sagrados preceptos que ha promovido durante la historia?